Esquivando meteoritos en el Valle de Viñales
- Nicolás Urquiza
- 19 feb 2020
- 5 Min. de lectura

Día 3: Chau Enero Le dije a Eduardo: “La Habana es hermosa, pero es como una primera novia. No me puedo enamorar de La Habana, me voy a Viñales”. Tomé el P14 y me fui en busca de la terminal de ómnibus destinada para los turistas; el Viazul a Viñales estaba a punto de partir. Le pagué 12 CUC directamente al Chofer y minutos más tarde, estaba tomando mates y disfrutando del paisaje de las sierras, palmares y plantaciones del los campos cubanos, con una tierra colorada que me recordaba a la provincia de Misiones. “La palabra enseña. El ejemplo guía”, rezaba un cartel con la cara de El Ché junto a la ruta. También era usual ver a Fidel vistiendo ropa deportiva, quién incentivaba a que los jóvenes hagan deporte. Cuando llegué a Viñales, subí a una loma siguiendo la calle Adela Azcuy hasta llegar a la casa de Yelenis Rodríguez, que había visto en internet y tenía una terraza con una muy linda vista a los mogotes. Sin embargo, justo como no tenía Clientes pero había aprovechado para hacer pintar la habitación. Me dijo, puedes ir a “la casa de tía”, que tiene una vista mejor porque también se ve el lago y que podía ir a su terraza cuando gustara. Negociamos con “tía” 10 CUC por noche, más 4 CUC por el desayuno. Salí a caminar por el Parque Nacional Viñales por un sendero que solamente se hace a Caballo, y a pesar de que había lugares con mucha agua y barro, pude pasar igual. Finalmente, llegué al mirador de “El Valle del Silencio”, donde se tiene una vista del mogote Coco Solo. Volví caminando rápido al pueblo para ver el atardecer desde la casa de Yelenis, pero llegué tarde, el sol ya se había escondido. Así que me bañé, bajé al pueblo a comer y tomé mi primer “mojito” en Cuba, mientras escuchaba una excelente orquesta de auténtico son cubano. Día 4: Primero de febrero de 2019. Diego, el marido de Mary, me sirvió el desayuno en la terraza para poder contemplar el verde Valle de Viñales, rodeado de particulares mogotes, mientras me lastraba un plato de guayaba y piña, huevos tipo tortilla con jamón y queso, un sandwich de mortadela con pepinos, café con leche y 1 litro de jugo natural de mango. ¡Una cosa de locos!. Bajé al pueblo y renté una bicicleta, medio baqueteada, que me llevaría a conocer la belleza del Mural de la Prehistoria, creado en 1959 por el pintor y científico Leovigildo González, quien fuera discípulo del gran artista Diego Rivera. Luego volví a pasar por el pueblo, compré una botella de agua y emprendí un viaje de 13 km rumbo a un pueblito perdido que me llamó la atención en el mapa: Valle Ancón. En el camino, no andaba nadie, la tranquilidad era absoluta. El paisaje se asemejaba en cierto modo al de esas películas de terror en las que uno se pierde y termina en un pueblo de mutantes que te corren con la motosierra. Particularmente, mis pensamientos turbios empezaron cuando estaba en el punto más alto de la loma y escuché un estruendo de baja frecuencia similar a una explosión. Miré al cielo y vi una nube negra pasando sobre mi cabeza curiosamente rápido. ¿Un trueno?. Otro estruendo similar. - Que trueno más raro -. Otro estruendo, y otro, y otro, y otro. No es un trueno. ¡Se pudrió todo con Trump!. Continué pedaleando, hasta que encontré a un anciano que subía la cuesta a caballo. - Buenas tardes señor, ¿escuchó unas explosiones hace unos minutos? - pregunté. - Si. Nunca en mi vida había escuchado algo así. No tengo idea de qué fue. - me contestó. Cuando llegué a Valle Ancón, cuatro niños salieron a recibirme y nos pusimos a conversar. Ellos también habían escuchado los estruendos y vieron como una luz en el cielo. Pensaron que podía haber sido un avión que explotó. ¡Se pudrió todo con Trump!. Cuando volví a Viñales paré en El Palenque de los Cimarrones (una cueva que utilizaban como refugio los esclavos cuando escapaban de los campos y que ahora es una cueva/bar). Conversando con un taxista, le pregunté se habían escuchado explosiones en Viñales hace unas horas. - ¡Sí!, ¡Fue un meteorito!. Cayó en el Mural de la Prehistoria. - me contestó. Donde había estado por la mañana. Al llegar a Viñales, no se hablaba de otra cosa. Todos habían visto Las orquestas en los bares entonaban fervorosamente una versión de una canción, diciendo: “Pasito a pasito, suave, suavecito. Ahorita en Viñales cayó un meteorito…”. Posteriormente, el periódico Granma publicaría que la caída del meteorito de Viñales fue el acontecimiento de este tipo más notable de todo Cuba. Día 5: Dos de Febrero de 2019 Me desperté temprano, preparé la mochila y subí a la terraza a desayunar. Al bajar, me despedí de Mary y Diego. Me subí al taxi compartido que me cobraba 15 CUC (ida y vuelta) por llevarme a Cayo Jutías, un paraíso ubicado a 56 km de Viñales. La hora de vuelta a Viñales era a las 16:00, pero mis planes eran otros. - Si a las 4 no estoy acá, andá nomás que me quedo acá - le dije al taxista. Después de caminar unos metros por la playa, veo un termo Stanley y una señora preparando el mate. - ¿Argentina? - pregunté. -Sí. ¿Querés un mate?- me respondió. Era Lily, una cicloturista que en dos meses había recorrido gran parte de la isla en bicicleta. Charlamos un rato largo, hicimos snorkel y nos quedamos con ganas de tomar más mates, pero no pudimos conseguir agua caliente. La tarde pasaba y la gente se preparaba para irse. Mientras tanto, yo me pedía un Cuba Libre en uno de los bares y compré un bocadito de queso (sándwich con un par de fetas de queso) que envolví para llevar. Los taxis encendieron sus motores, los turistas empezaron a caminar para la playa de estacionamiento y yo arranqué a caminar, en sentido contrario, en búsqueda de La Playa de las Estrellas. Después de caminar casi 3 km, atravesando palmares y un pinar infestado de mosquitos, volví a ver el mar, “un espejo lleno de sal”. El paisaje una pintura: no había olas, ni ruido, ni gente. El sol caía a pique, rojo y gigante sobre el horizonte. Cuando cayó el sol, extendí la bolsa de dormir en la arena y pasé la noche acostado mirando el cielo más estrellado que vi en mi vida.

Día 6: Tres de Febrero de 2019 Dormí bastante poco por culpa de los mosquitos, el repelente los ahuyentaba bastante poco y cada vez que cerraba la bolsa de dormir me daba calor. No me importó. Pasar la noche en ese lugar fue una experiencia inolvidable. Pasé la mañana haciendo snorkel, nadando entre corales, peces de mil colores diferentes, estrellas y pepinos de mar. Dejé La Playa de las Estrellas y me fui a La Playa de los Manglares, donde colgué la hamaca y me dormí una siesta. Después volví al ranchón del cayo y me comí una sopa de pollo (lo único que les quedaba). En la playa de estacionamiento, conseguí un taxista que tenía un lugar disponible y me cobró 10 CUC para llevarme a Viñales en su Ford Custom del año ‘57. Como Mary y Diego me habían dicho que tenían reservada su casa ese día, al llegar me dejé llevar por la oferta de una señora en la Plaza, y terminé en el departamento de Maritza, que me cobró 10 CUC por una habitación con aire acondicionado y baño privado, mucho más de lo que un primate como yo necesita.


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