Un viaje en el tiempo por La Habana
- Nicolás Urquiza
- 18 feb 2020
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 19 feb 2020

DÍA 0: Buenos Aires, 23 de Noviembre de 2018, 10.30 a.m. Estaba en el auditorio de la universidad haciendo sonido en una más que interesante “Jornada de Cooperativas Sociales”, o no, me parece que era una “Jornada de psicomotricidad” o algo así. Al lado mío, estaba Laura. - ¿Te vas a algún lado de vacaciones?. Yo todavía no me decido. Me quiero ir lejos, muy lejos, lo más lejos posible; pero también al mejor precio posible. - uff todavía no se, ahora vuelvo -, bajó a su oficina y, a los 10 minutos, cuando volvió al auditorio, mi cara de embole había desaparecido... - Compré pasaje, ¡me voy a Cuba!. Había recibido un mail de Carla, esa mujer tan amada, venerada e idolatrada por tantas personas, pero que nadie conoce, al menos nadie que conozco la conoce, físicamente al menos. ¿Será real?. Carla me decía “Buen viernes: Hay vuelos baratos a La Habana desde Buenos Aires”. Rápidamente entré a la página de la aerolínea y busqué un vuelo de Buenos Aires a La Habana en el mismo rango de fechas que oferta. El resultado, 20 días en Cuba por $13.340 pesos argentinos, unos 343 U$S. Gracias Carla, ¡te amo fuerte!. Una buena aclimatación al ritmo de vida cubano, se da cuando uno va a la embajada a sacar la visa. En mi caso, tuve que ir tan solo tres veces: La primera fui a las 11:30 y ya habían dado los 50 números diarios. La segunda vez, fui temprano, pero me faltó imprimir el ticket de vuelo y comprar el seguro de viaje. La tercera, era la vencida, no volvería a pisar esa embajada al menos por un buen tiempo, por lo cual fui muy temprano y con todos los papeles solicitados. Tenía el número 18 pero, insólitamente, eso implicó esperar 5 horas y 30 minutos para que me atiendan y me den la tan valiosa VISA cubana (que dura 30 días y que me costó $ 702 en Argentina; luego me enteré que en el aeropuerto de El Salvador te la daban antes de embarcar por un precio incluso menor). DÍA 1: Buenos Aires / La Habana. El día del vuelo había llegado, salí de casa con mis dos mochilas, tomé el 21 a Liniers y después el 8 hasta el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. El calor era sofocante y el único lugar de la terminal 3 donde parecía funcionar el aire acondicionado era en la zona donde se encuentra la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), así que me senté frente a la puerta, cual presunto delincuente, y esperé a que habilitaran el despacho de equipaje. En el vuelo, conocí a Victoria, su prima Virginia y Ana, quienes se dirigían a Costa Rica, y que tenían una escala bastante larga en Lima, al igual que yo. Con compañía, la espera siempre se hace más amena, sobre todo cuando compartís un ceviche y unas cuantas Cusqueñas en el restaurant “La Nacional”. A 7 U$S la botellita de birra, uno no se puede dar el lujo de extender la sobremesa hasta la hora del vuelo, así que nos fuimos a dormir. Ahí entendí la canción de Charly que dice: “un amor real es como dormir y estar despierto, un amor real es como vivir en aeropuertos…”. Improvisamos una cama tomando 3 filas de asientos cada uno y, claro está, no dormimos un carajo (al menos yo). A las 0340 salía mi vuelo a El Salvador. Las chicas me acompañaron hasta la puerta y nos despedimos deseándonos buen viaje, con un cálido abrazo; como si fuéramos amigos de toda la vida, que se despiden con nostalgia pensando que quizás nunca más se vuelvan a cruzar. Antes de aterrizar en el Salvador, pude contemplar el amanecer desde el cielo, una postal inolvidable para quienes amamos cosas tan simples como ver salir el sol. Una hora después tomé el vuelo TA 450 que me llevaría a cruzar el mar Caribe, hasta aterrizar a las 1200 en el aeropuerto José Martí de La Habana, Cuba. Cuando el avión tocó suelo Cubano, empecé a lagrimear. Estallé de la emoción: llegué! Estoy en la histórica y valerosa Cuba Libre. Al descender del avión, una cachetada de realidad me volvió acomodar, como sacándome la ansiedad, necesitaba aclimatarme. No podía salir del aeropuerto sin antes pasar por larga y eterna cola para pasar por migraciones. Sentí un gran alivio cuando finalmente pasé los controles migratorios y apareció mi mochila en la cinta transportadora. Al caminar hacia la salida, entre decenas de personas, me encontré con mi nombre escrito en un cartel. Mi plan inicial había sido irme del aeropuerto caminando 3 km hasta la Av. Boyeros y tomar el P-12, para buscar algún alojamiento en el centro. Sin embargo, la noche anterior al vuelo, mi amiga La Bruja, me recomendó alojarme en lo del Doctor Eduardo y su esposa Dalia, con quienes habían compartido varios de sus días por La Habana y que incluso ofrecían el servicio de ir a buscar a sus huéspedes al aeropuerto. Le mandé un mail y me respondió enseguida, así que coordiné con él para que me busque en el aeropuerto y para ir a su casa para pasar mis primeras dos noches en Cuba. Mientras caminábamos al estacionamiento, Eduardo me ubicaba sobre dónde estaba parado, me introducía qué iba a ver en La Habana, me contaba todo lo que podría hacer o visitar, me explicó cómo manejarme con sus dos monedas (el peso cubano convertible CUC y la moneda nacional CUP), me comentó los recaudos que tenía que tomar para que no me estafen los Jineteros y me dio una clase de Historia Cubana. Mientras tanto, su sobrino Alfredo nos esperaba en el Lada rojo para llevarnos a la casa, ubicada en el barrio de Marianao. Al llegar conocí a Dalia, que tenía mi cuarto listo y me cambió unos dólares a mejor precio que en la casa de cambio para poder empezar a moverme por la ciudad. Después de una ducha, salí a respirar un poco de Cuba. En una ventanilla, probé los riquísimos y económicos jugos naturales y me comí una pizza con jamón. Tomé el P-14 y me fuí al centro. Me bajé en el Parque de la Fraternidad y empecé a caminar. Unos pocos pasos después, tuve que sacar mi cámara de la mochila para fotografiar el imponente Capitolio, el Gran Teatro y el Hotel Inglaterra, mientras me quedaba atónito con los autos norteamericanos de la década del 50’. Llegué al Malecón justo para presenciar ese fenómeno natural tan magnífico llamado atardecer, mientras escuchaba un grupo de jóvenes cubanos con una guitarra y unas maracas entonando una versión propia de la canción de Compay Segundo, Chan Chan, el himno cubano, como algunos le llaman. Caminé, caminé y caminé. Me perdí un poco, me perdí más. Mientras caminaba por un callejón, me sentí atraído por una fuerza cuasi magnética que me llevaba a escuchar la música que brotaba de una casona ubicada en la mitad de la cuadra, un cartel rezaba con letras negras resaltando en un fondo amarillo: “La Bodeguita del Medio”. Caminé un poco más y llegué a “La Habana Antigua”, con su imponente Catedral, a la Plaza de Armas, frente a imponentes Palacios y a metros del Castillo de la Real Fuerza. Sentía que había viajado al pasado. El son cubano, con sus maracas, guitarras, contrabajo y bongó, continuaba sonando en cada esquina. Un poco más allá, apareció “El Floridita”, conocido como “la cuna del daiquirí”. Ya era tarde, hacía rato que había oscurecido y tenía un largo viaje para volver a lo de Eduardo. Una anciana cubana, mientras se quejaba de sus dolencias en las piernas, me acompañó cuatro cuadras para indicarme la parada del P-14. Al llegar a Marianao, me comí una hamburguesa en “El Rápido”, de 100 y 41, y probé la “Bucanero”, una cerveza ‘fuerte’, con 5,4% de alcohol, mi nueva birra favorita. Día 2: La Habana. Mi segundo día en Cuba arrancó con un exquisito y poderoso desayuno que me preparó Dalia, con sandía y papaya, croquetas, jamón y queso gouda, pan y café con leche. Eduardo me hizo compañía y conversamos por una hora o dos. Me contó que tiene una hija que se fue a Estados Unidos, luego de graduarse en la escuela de medicina cubana, y no le aprueba que se haya ido a ese país a vivir. Su hija menor, Dalila, también estudia medicina y vive con él, que hace todo por cuidarla y que no le falte nada. También me habló de sus viajes, dado que es uno de los privilegiados que puede darse el gusto de viajar una vez al año fuera del país (conoce Panamá, México, Nicaragua y Francia) y dos veces al año sube a su familia al Ladita para llevarlos a Los Cayos. Me dijo que si tenés cuentas bancarias, casa y auto, las embajadas no tienen problema en otorgar el visado para viajar al exterior. Demasiada charla por hoy, así que me subí al 222 con destino al barrio de Vedado. Sin embargo, de camino vi que estaba la famosa “Plaza de la Revolución”, así que aproveché para ir a conocerla y a sacar unas fotos. Continué caminando y me encontré con la Universidad de La Habana; entré. Quedé obnubilado con la belleza de los edificios, con los jardines y con el tanque de guerra del patio central. Subí unas escaleras y me puse a conversar con un estudiante de último año de historia, que me contó que en ese lugar donde estábamos, desde el balcón del jardín de los Laureles, Fidel Castro hablaba a los estudiantes. Saliendo de la universidad, me encontré en la escalera con Roberto González, un profesor de Educación Física, que me llevó a un bar, conocido como “La Casa de Fidel”, que en realidad era el Bodegón de Theodoro, donde se gestó la revolución contra Batista y fue el lugar donde Fidel fue a brindar luego del triunfo. El lugar era fantástico, detrás de la barra estaban los barriles donde los guerrilleros traían las armas a la isla, las mesas de madera eran las originales, había un cuadro de Fidel y Camilo Cienfuegos en Sierra Maestra y una pintura al óleo que representaba a los negros y a los blancos juntos, dado que a partir de la revolución se eliminaron las barreras que limitaban que los negros pasen al barrio de Vedado (limitado solo para blancos). Terminé de confirmar mis sospechas de que Roberto era un Jinetero, cuando llegó la cuenta de 12 CUC por 3 “Revolucionarios” (ron, coca, limón y yerbabuena); por lo cual, todo lo antes mencionado sobre lo acontecido en este bar puede ser pura fantasía. Caminé hasta el Malecón, y comencé a subir por 23 hasta encontrar la famosa heladería Coppelia; donde me fuí indignado porque cobran en las dos monedas a precio muy distinto: en moneda nacional 1,5 CUP, se debe hacer una extensa fila al rayo del sol, o en Pesos Convertibles, sin hacer cola alguna por 2,4 CUC, distanciando casi de forma obligada a los cubanos de los extranjeros. Seguí caminando rumbo al Malecón; mientras un Jinetero me preguntó si había ido al “rincón de Maradona”: lo corté -10. Pasé por el memorial a las víctimas del Maine, frente a la embajada de Estados Unidos, y continué caminando bajo el sol hasta la Avenida de los Presidentes. seguí caminando hasta llegar a un imponente monumento en homenaje al militar, político y segundo presidente cubano, José Miguel Gómez. Al otro lado, doblé en la Av. Salvador Allende con dirección al al Parque de la Fraternidad. Salí de las avenidas para caminar por calles paralelas, que si juzgamos por la pinta, en cualquier otro lugar no hubiera salido vivo, pero aquí reinaba la paz en medio del típico caos cubano, los niños jugaban a las bolitas y los grandes al dominó. Después de haber caminado más de 11 km, no me bastó, así que me preparé el mate y me volví a perder por las callecitas de La Habana Antigua. Cuba es un país donde uno se puede perder tranquilo y nada malo le va a pasar. Prácticamente no existe el crimen, dado que hay un estricto control de armas y un código penal implacable.
“Uno no puede encontrarse si no está dispuesto a perderse”.

Cerca de La Bodeguita, se me acercó a hablar un tal Salvador Valdés que decía ser músico, trompetista de Pablo Milanés, y “como le caí bien” me regaló un billete de 3 CUP, que homenajea al Ché Guevara; Después me quiso encajar un libro por una colaboración y me di cuenta que era otro Jinetero, lo cual reconfirmé cuando no encontré nada de él junto a Pablo Milanés el internet. Después conocí a Maikol, otro buscavida que se las rebusca en las afueras de La Bodeguita del Medio. Me prestó un fibrón para firmar la pared, tal como lo hacen todos los visitantes del lugar, y me contó que en Cuba podía viajar tranquilo porque a los asaltantes les daban 15 años en prisión. En Cuba hay tres cosas garantizadas: Educación, Salud y Seguridad. Fidel y El Ché se pelearon, porque Guevara quería una revolución con Democracia; y Fidel cuando llegó al poder se mantuvo por 50 años. Me volví a lo de Eduardo en el 222 y me comí unos spaghettis con jamón en El Rápido, que ya se convertía en mi restaurant favorito de Marianao. La Habana es una ciudad cuyos habitantes, más que ropa interior, tienen ropa exterior; dado que en los balcones cuelgan los calzones de toda la familia sin ningún tipo de pudor. La Habana es una ciudad que te invita a perderte, a caminarla buscando el sonido de una canción, a contemplar la arquitectura de sus edificios, a mirar a través de sus ventanas y puertas abiertas, a sentir su olor a tabaco, combustible y humedad, a disfrutar de apoyarte en un balcón a ver la vida pasar...

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