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Travesía en Kayak Dique Luján - Concepción del Uruguay

  • Nicolás Urquiza
  • 20 ago 2020
  • 12 Min. de lectura

Por Nicolás Urquiza y Adrián Cabrera


Día 1 - Hora de zarpar

Un tipo camina nervioso por Retiro de un lado a otro mirando los televisores que anuncian las partidas y arribos; al parecer, el colectivo que espera se encuentra demorado. Pasadas las 00:10 hs. anuncian la llegada del micro procedente de Concepción del Uruguay que venía atrasado una hora. La espera parecía terminar. Adrián venía viajando sin celular, lo cual elevaba el grado de incertidumbre a la enésima potencia, trayendo recuerdos de aquellos viejos tiempos donde la única forma de ubicar a alguien era llamando al teléfono fijo o teniendo suerte y paciencia para un encuentro en un lugar pactado.

Finalmente, una pala tipo Bracsa desarmable asomó por la puerta del micro; era él. Cargaba un enorme e incómodo   bolsón azul, repleto de bártulos, ropa, alimentos y mapas impresos en blanco y negro, que hacían que mi bolso marinero pareciera diminuto. Tomamos el 130, fuimos para casa, comimos, terminamos de ultimar detalles, revisamos el derrotero por última vez y nos acostamos a dormir un rato.

La insaciable ansiedad por estar navegando hizo que me despertara 30 minutos antes de que suene el despertador; eran las 6.30 del sábado 3 de Marzo de 2018. El gran día había llegado. Carlos “Calu” Zelayeta, un gran amigo de Adrián, se había ofrecido a llevarnos en su auto hasta Dique Luján; lo cual nos facilitó enormemente algunas cuestiones de logística e hizo posible que llevemos algunos lujos, como una conservadora de telgopor con algo de hielo.

Al llegar al Club de Remo Teutonia (RVT) nos esperaba Cosme en su barco, donde guardaba un flamante SDK Kaikén. Bajamos el bote, cargamos los bártulos, regulamos los hincapies y a las 9.30 estábamos en el agua dispuestos a dar las primeras paladas.

Remontamos el río Luján hasta el Canal Gobernador Arias y navegamos unos 12.5 km escoltados por una ensordecedora peregrinación de yates a motor, uno más grande que el otro, que navegaban en nuestra misma dirección. A las 11:30 estábamos cruzando el Río Paraná de las Palmas para entrar al Canal Gobernador de la Serna. Ya dentro de la Reserva de la Biósfera del Paraná, la cantidad de embarcaciones y casas se fue reduciendo de forma proporcional con la distancia. Allí hicimos nuestra primera parada en un pequeño islote, pero tuvimos que huir despavoridos por la horda de mosquitos que se nos vino encima.

Al llegar a la intersección con el canal Antonio Seaone y el arroyo Paycarabí, titubeamos con respecto a nuestra ubicación (pensando que podía ser el Paraná Miní) y decidimos preguntarle a un pescador. Sus primeras palabras fueron: - “me parece que ustedes de navegación no saben nada…”-. Tragamos saliva, sonreímos y dejamos que poco a poco la conversación fluya de forma respetuosa. Después de unos minutos de charla, nos dijo que sigamos derecho, que faltaban 2 km. 

Al remontar el Miní, empezamos a sentir un hormigueo particular en la zona del abdomen, que nos recordaba que ya eran las 16:00 y no habíamos siquiera desayunado. Encontramos un terreno con sombra tupida y pasto cortito; ideal para comer un pastel de papas y unos tostados de jamón y queso que había tuppereado la noche anterior. 

Con la panza llena y el corazón contento, continuamos nuestro periplo rodeados por nubes cada vez más tenebrosas, hasta que llegamos a un ancho y caudaloso río: El Paraná Guazú. 

Tomamos coraje y salimos al cruce con un temerario viento del sudeste. Las olas sumergían por completo la proa del bote e incluso algunas rompían peligrosamente a estribor haciéndonos tambalear como perrito de parabrisas.

Al llegar a la costa de enfrente, ya en nuestra querida República de Entre Ríos, encaramos para entrada del arroyo Cucharas, y poco más allá nos metimos en el arroyo Platos, donde navegamos bajo una agradable llovizna en medio de la calma que precede al huracán 

Empezamos a preocuparnos cuando al caer el sol seguíamos sin encontrar un buen lugar para hacer noche. Sin embargo, a unos pocos metros más adelante apareció un terreno elevado, desmalezado, con árboles recién talados y abundante leña. Nos la ingeniamos para desembarcar y subir el kayak, tomamos unos mates, cenamos unos fideos con roquefort y crema, y nos acostamos en las hamacas dado que no había muchas ganas de armar carpa. 

La noche estaba pesada, calurosa, sin viento y un ambiente plagado de mosquitos. El repelente no hacía efecto, no corría nada de viento, hacía calor y casi no pudimos dormir en toda la noche. Para colmo, andaban cazadores dando vueltas en lancha, con linternas y escopetas. Fue una de las peores noches que pasé en una isla.

Día 2 - Paranacito: ¡Allá vamos!

Al día siguiente, cargamos las cacharpas al kayak y ‘tocamos los tarros’ lo más rápido posible. Poco después de iniciar la navegación, pasamos por un aserradero, sorprendimos a un carpincho que no hizo tiempo para esconderse en el agua y llegamos al Río Alferez Nelson Page. Allí nos dimos un chapuzón en el muelle de una casa y continuamos la remontada contra corriente hasta llegar al Paraná Bravo, donde nos dejamos llevar aguas abajo hasta la boca del Río Gutiérrez. Allí paramos a almorzar una picada y a dormir una siesta en las hamacas, esperando zafar el sol del mediodía.

Entrada la tarde, pasamos frente al destacamento de prefectura al “Canal Nuevo” y navegamos a la sombra de los sauces del canal Pedro Galofre, luego tomamos el arroyo Brazo Chico y el Canal San Martín hasta desembocar en el Río Paranacito, aguas abajo de la homónima ciudad. Una vez que arribamos a Villa Paranacito, encontramos un muelle utilizado por un remero local para cruzar gente, y hasta motos, entre ámbas márgenes del río. Pedimos permiso para desembarcar y subimos el bote a la costanera, justo frente a Prefectura. Compramos un bidón de 10 l de agua, frutas, algo de carne, hielo, una gaseosa fría y unas latas de cerveza para rehidratar el cuerpo. Una vez reabastecidos y con el sol galopando hacia el ocaso, volvimos a zarpar tomando el arroyo Martínez en busca de un rincón donde armar la carpa (claro que no volveríamos a dormir en hamacas después de la experiencia de la noche anterior).

A los pocos minutos, encontramos el Camping Municipal de Villa Paranacito, ubicado en la intersección de los arroyos Martínez y Sagastume Grande. Es un lugar muy lindo, limpio y bien mantenido, cuenta con parrillas, mesas, baños y hasta una piscina. Armamos la carpa, nos dimos un buen baño de agua fría y cocinamos un alto guiso de arroz.


Día 3 - Encuentro con el Río Uruguay

Los planes de arrancar a remar de madrugada, aprovechando la luna llena y evitando el sol agobiante del día, perdían la pulseada contra la fiaca, y seguimos durmiendo un poquito más. A las 06:20 nos despertamos y fuimos poco a poco guardando todo en el bote, mientras desayunábamos un café con galletitas. Cuando todo estaba listo, zarpamos en busca de nuestro tan querido Río Uruguay. Navegamos por el Arroyo Martínez a la sombra de un bosque de cipreses, vimos mujeres navegando en solitario sus chalanas y chicos yendo a clases en la lancha escolar; un lugar de ensueño y una experiencia fabulosa.

Sabíamos que el Río Uruguay era ancho en esas latitudes, pero no imaginamos que fuera tanto, como para llegar a parecerse a un mar. En la desembocadura del arroyo hay una propiedad compuesta por una casa de contenedores y un terreno bien mantenido; no había nadie y desembarcamos clandestinamente para estirar las piernas y ensoquetarnos con granola antes de tirar el cruce a costa Uruguaya. Afortunadamente soplaba viento del sudeste, así que pudimos tirar una diagonal barrenando las olas, arribando aguas arriba del balneario “La Concordia”.

El desembarco fue peligroso, dado que las olas rompían en la popa y había piedras en la playa, pero actuando rápido y con precaución pudimos subir el kayak a zona segura a pesar del sobrepeso adicional producto de la gran cantidad de agua que entró al tambucho de proa. Después de colgar un tendal de ropa mojada, pudimos sentarnos bajo la sombra de un árbol ribereño a comer una picada de auténtico jamón naval con queso, acompañados con una cerveza negra.

Después de comer guardamos la ropa, ya seca por el sol y la sudestada, y arrastramos el bote nuevamente al agua. Remontamos el Uruguay con rumbo norte, atravesando el Delta del Río Negro. Paramos en una isla a estirar las piernas y achicar el agua del tambucho de proa, que entraba a galones a pesar del fracasado intento de solventar el problema con una bolsa de plástico bajo la tapa de neoprene. Justo antes del atardecer, encontramos una Playa en una bahía que parecía ser un buen lugar para pasar la tercer noche de la travesía.

Cenamos un paquete de 500 gm. de fideos spaghetti con roquefort, acompañados con mojarritas pescadas por Adrián mediante una ancestral técnica charrúa, que consistía básicamente en tirar cuchillazos al agua pero asistido por una moderna técnica de encandilamiento. 

Si bien el viento calmó a la noche y el río se planchó, empezamos a escuchar las olas romper cada vez más cerca y con mayor frecuencia. El río estaba creciendo de golpe y tuvimos que correr la carpa 2 veces.

Día 4 - (Casi) un día de descanso

El lugar de acampe en la bahía y la última posición de la carpa hizo que el sol de la mañana no nos despierte tan temprano y perdimos bastante tiempo reparando una varilla rota de la carpa. Terminamos saliendo cerca de las 11. Cerca de las 14:00 hs. estábamos en el balneario “Las Cañas”, ubicado al sur de la Ciudad de Fray Bentos. El desembarco fue un tanto peligroso nuevamente, dado que las olas eran grandes y rompían con fuerza en la popa del bote; por lo cual tuve que bajar rápidamente y cuidar que el casco no golpee contra las piedras. El saldo fue una herida en mi mano izquierda producto de apoyarme contra una roca de superficie un tanto filosa. 

Cargamos agua potable y Adrián tuvo la maravillosa idea de hacer mediodía ahí mismo y comer algo en un parador. Así que poco tiempo después estábamos comiendo un auténtico Chivito Uruguayo con papas fritas y recuperando nutrientes con una Pilsen bien fría. El viento era implacable y hacía volar pedazos de huevo frito fuera del plato, que automáticamente eran capturados por mis dedos y se perdían dentro de mi boca.



Con la panza llena, aprovechamos para conectarnos al Wifi gratuito de un telecentro de la empresa ANTEL y para avisar que estábamos ‘bien de bien’. Al volver a la playa, nos encontramos con André, uno de los guardavidas del balneario, que nos contó que también remaba y que había estado en la travesía de Farrapos en aquel desencuentro binacional del año pasado.

Claramente creo que las condiciones para zarpar no estaban dadas. Dudo que Prefectura uruguaya nos hubiera permitido hacerlo si hubiéramos hecho el correspondiente rol de despacho. Pero como somos amantes de la ilegalidad, teníamos que bajar el chivito, los niveles de colesterol y sumar unos kilómetros más que permitan estar un poco más cerca de nuestro destino el día posterior. Solamente dos olas bastaron para inundar una buena parte de nuestros cockpits antes de que pudiéramos ajustar los cobertores de neoprene a los aros y, para colmo, a los pocos metros sentimos una gran ola romper de lleno contra la banda de babor, arrastrando el kayak de costado. Cuando todo parecía estar perdido y nos veíamos intentando rollar un doble en medio de una peligrosa rompiente, una reacción impulsiva e instintiva hizo que clave un apoyo bajo (low brace) a babor, que nos permitió recuperar la estabilidad.

Paramos a achicar el agua con una botella cortada y una esponja en la próxima playa que encontramos en una pequeña bahía al norte del balneario, que por cierto es un lugar bellísimo, desolado, al reparo de los vientos del sur e ideal para un acampe clandestino en el uruguay. En ese momento, lamentamos no tener una buena bomba de achique entre nuestro equipamiento.

La navegación continuó de forma placentera, surcando las altas barrancas que hay tanto al norte como al sur de Fray Bentos, con envidiables casas de ventanales con vista al río. Un lugar único para los amantes de los buenos atardeceres. Paradójicamente, las dos mansiones más imponentes de la ciudad, se encuentran ubicadas en el lado Norte de la ciudad, y actualmente tienen vista a las plantas de celulosa de la finlandesa BOTNIA. Las papeleras no parecían estar emitiendo tantas cantidades de humo y, sin embargo, se percibía un olor nauseabundo al pasar frente a las mismas. 

Llegar al puente Internacional Libertador San Martín, que une las Ciudades de Gualeguaychú y Fray Bentos, parecía una misión interminable. Remábamos y remábamos pero nunca llegábamos. Esto sucede cuando hay objetos extremadamente grandes a la en el horizonte; Parecen estar cerca, pero en realidad están más lejos de lo que parece. 

Gritamos un sapucay bajo el puente, haciendo honor a las tradiciones kayakeras, y unos 4 km después llegamos al Oasis de Puerto Unzué. Un eucaliptal con una sombra espectacular, 4 Palmeras Phoenix Canarensis, pasto cortado al ras, una mesa de eucalipto con bancos como para 20 y una vista al río de ensueño. Buscamos leña, colgamos las hamacas en las palmeras, cocinamos un pouch de lentejones a la española con chorizo y panceta, y liquidamos las reservas de zumo de uva fermentada. 

Sin dudas, dormir en hamacas, escuchando el sonido de la brisa del sur colarse entre las hojas de las palmeras y las olas rompiendo contra la costa escarpada, bajo un cielo de infinitas estrellas, es uno de los placeres más grandes a los que se puede someter un hombre de río después de una jornada agotadora.



Día 5 - Si se quiere, se puede.


Después de un largo viaje de 8 minutos y 19 segundos, los primeros rayos de sol del día cinco ingresaban a la atmósfera terrestre, tiñendo el cielo con los colores del fuego y advirtiendo que sería un día bravo. La bruma levitando sobre el río pedía fervorosa que saque la cámara de fotos (a lo cual no me pude negar). Después improvisamos un desayuno mientras cargamos el bote y salimos con rumbo norte a las 08.30 horas.

Mirando nuestra precaria carta de navegación, decidimos trepar por el Canal de San Lorenzo (que bordea el lado interior de la isla homónima), pensando en tener una menor corriente en contra y esperanzados de tener algo tan preciado en una travesía de este tipo, como un poco de sombra. Tal fue así, que navegamos tirando borde cual velero hacia barlovento, para pasar al menos unos pocos segundos bajo la sombra de algún árbol. 

Llegando al norte de la isla “Jaula del Tigre”, habíamos visto en el mapa una bifurcación: a la izquierda podíamos tomar el arroyo Cupalén, que tiene una salida al río frente a la Isla Tambor o podíamos salir nuevamente al “Brazo de la China” (canal secundario) por el arroyo “Zapatero”. Decidimos ir por el Cupalén, dado que estaríamos más protegidos de la corriente y por la tarde tendríamos algo de sombra, pero le pifiamos. 600 m antes de la bifurcación que habíamos marcado en el mapa, había otro arroyo de unos 3.5 km que no se veía bien en la carta: El Arroyo “Clavel”. Tremenda clavada nos pegamos, dado que tuvimos que remar casi 7 km de más, el último día de travesía, bajo un sol agobiante y con todavía unos cuantos kilómetros por delante.

Nunca fui fan de navegar con GPS, dado que considero que conocer la velocidad, la distancia y hora a la llegada, puede ser psicológicamente devastador en una travesía de este tipo. Aparte de esto, siempre me motivó remar con la curiosidad y la incertidumbre de qué hay más allá de la próxima curva del río.

A las 18:00, estábamos recalando en la Isla “Colón Grande”, después de 9 horas y media de navegación, con una única y breve parada tan solo para “ensoquetarnos” unos puñados de granola. Apenas desembarcamos, hicimos una caminata de reconocimiento, nos sentamos a la sombra del juncal y nos devoramos unas galletitas con paté, tomate y queso. Liquidamos las últimas provisiones que nos quedaban. 

“La Colón” es una isla muy especial, distinta a todas las demás. Entre las tantas que poseen grandes bancos de arena en la punta norte, ésta es la más austral que del río Uruguay. A partir de aquí hacia el norte, hasta la Isla de Alda/San José en El Palmar, la mayoría de las islas tienen esta particularidad. Hacia el sur, las islas son puro monte y es muy difícil encontrar lugares buenos para parar, sin terminar devorado por los mosquitos.

Hacía varios años que visitaba la isla; la encontré bastante cambiada. Las últimas grandes crecientes habían depositado más arena, los juncales habían ganado terreno y hasta creció un Sauce justo en punta del arenal y muy alejado del monte.

¿Qué hacemos?, ¿le metemos?, vamos a llegar tipo 12 de la noche…

La isla estaba espléndida, el atardecer caía a plomo y las blanca arena nos tentaba a quedarnos. Sin embargo, decidimos volver al agua y hacer de noche los últimos 30 km que nos separaban de nuestra querida Concepción del Uruguay. Pasamos por Campichuelo a cargar un poco de agua y a las 19:30, con la última penumbra del día, divisamos la punta sur de la Isla Cambacuá. Ya casi estábamos en casa.

La noche estaba cerrada, pero aún así, las pupilas se dilataban y podíamos ver los contornos de la costa con suficiente claridad. No parecía que ya hubiéramos remado más de 50 kilómetros bajo el un extenuante sol y corriente en contra. La noche trajo alivio al calor y parecíamos renovados, mejoramos bastante el promedio de remada y ya no necesitábamos parar a tomar agua a cada rato como durante el día. Las luces de Concepción se veían a lo lejos y el único sonido que escuchábamos era el de las palas acariciando el agua, deslizando el bote hacia su nuevo hogar.

“Que el hombre sepa que el hombre puede” fue el lema adoptado por los cinco argentinos que participaron de “Expedición Atlantis” en 1984, cruzando el atlántico en balsa. A las 23:00 horas, después de haber remado 83 km en un total de 14 horas, pasamos bajo el puente de la Isla del Puerto y arribamos al Club Parque Sur. ¡Estamos en casa!, ¡Lo hicimos!. 270 km de navegación en 5 días, propulsados a pura sangre, poniendo a prueba la fuerza motriz más poderosa de todas: la voluntad. 

---Nicolás Urquiza---


F.A.Q.

¿Dónde dormimos? - en lugares donde se pueda observar el atardecer, donde al dormir den ganas de despertar solo para abrir el cierre de la carpa y contemplar el paisaje al amanecer; o suspendidos de una hamaca, bajo las 300.000 millones de estrellas que alberga nuestra vía láctea, escuchando el río y sintiendo las caricias de la brisa del litoral..

¿Qué comíamos? - no vivíamos precisamente de la caza y de la pesca. Nuestra dieta se basó en tartas, picadas, sandwichs, guisos, fideos con crema y roquefort, arroz con atún y tomate, y alguna comida que pudiéramos comprar en algún balneario o pueblo ribereño.

¿Por qué lo hicimos? - Porque en el río somos libres. Porque nos gusta pasar días enteros sin ver signos de vida humana, sin televisión, sin noticieros, sin ruidos, sin señal de teléfono, sin que nadie nos diga qué hacer, cómo vestirnos, a qué hora dormir o a qué hora se debe comer. Asimismo, por la imperiosa necesidad de alimentar ese espíritu aventurero que todos llevamos dentro.


AGRADECIMIENTOS

A Carlos Zelayeta y su familia, que nos fueron a buscar y nos llevaron a Dique Luján con todos nuestros bártulos, simplificando enormemente cuestiones de logística.

A Cosme Argerich, el vendedor del kayak. Siempre bien predispuesto a colaborar con nosotros.

A Adrián Cabrera, el único loco que sin pestañar dijo “yo me prendo” cuando pregunté si alguien quería acompañarme para hacer esta travesía.



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Nicolás Urquiza

Ing. de sonido | consultor acústico | docente universitario | Investigador | músico, viajero, escritor y kayakero uruguayense. Por ahora, viviendo en Buenos Aires.

Contacto: nicolasdeurquiza@gmail.com

 

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