La aventura de remar entre Ballenas en la Patagonia Argentina
- Nicolás Urquiza
- 17 feb 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 19 feb 2020
Nos fuimos a Puerto Madryn a remar y cazar ballenas con nuestras cámaras de fotos...

Cuando todo comenzó, estábamos planeando un viaje, con bastante poco quorum, a las míticas Cascadas del Queguay. De pronto, una noticia saltó como un spam en mi celular: "Récord de ballenas en península de Valdés desde hace 48 años".
Filtré la noticia a un grupo de WhatsApp y al toque me responde Taty Lujan, de Punta Lara Club de Kayak - Estaría buenísimo Nico, hacé números y yo le comento a Ale-. Vamos que nos vamos!!
El jueves salí del trabajo y me fui directo para La Plata, donde Taty y Ale me esperaban con la chata cargada en la terminal. A las 22:30 hs, estábamos encarando la ruta con rumbo sur. El viaje fue largo, agotador y cansador, y recién a las 16:00 hs, abandonábamos la eterna Ruta Nacional Nº 3 para contemplar el mar desde la altura, sobre la Ciudad de Puerto Madryn, dándonos un shock de energía al alma.
Teníamos un plazo de 2 días y 2 opciones. La primera, era remar al sur de la ciudad, fuera del área protegida, y la segunda era apostar a desafiar lo prohibido. Sabíamos que había restricciones pero, ante la duda, a veces es mejor no preguntar.
Un Madrynense en la estación de servicio nos comentó que podíamos acampar en "El Doradillo"; una playa al norte de la ciudad desde la cual se pueden ver las ballenas desde la costa. Nos miramos con Ale y lo pensamos poco. Vamos para allá.
Al llegar y ver los primeros ejemplares de ballena franca austral resoplando en el mar, salimos expulsados de la camioneta rumbo a la orilla. Nos dimos cuenta que estábamos en "El" lugar...

Para terminar largo día de viaje, comimos una picada y unos deliciosos pouches de comida termoestabilizada gourmet que nos sobraron del verano pasado. Ale y Taty durmieron en la camioneta y yo colgué la hamaca entre las ramas de una arboleda. Hacía frío, mucho frío. Sin embargo, los primeros rayos de sol me tentaron a salir de mi bolsa de dormir para presenciar lo que considero una grata ofrenda de bienvenida por parte de la deidad Tehuelche Kóoch: bajo un cielo rojizo, reflejándose sobre la superficie del mar de la patagonia austral, las primeras ballenas del día se dejaban ver. Sin perder mucho tiempo, bajamos los botes y los porteamos hasta las aguas del Golfo Nuevo. Salimos remando con rumbo Oeste, a unos 100 m de la costa, hasta pasar Punta Flecha. Allí comenzamos a ver los primeros ejemplares respirando a lo lejos y, minutos después, estábamos rodeados de enormes ballenas que asomaban sus colas y aletas.
La experiencia de flotar con los mamíferos más grandes del mundo, en silencio, sin ruidosos motores, sin turistas a los gritos alrededor, no se puede comparar con ninguna otra cosa. El estruendoso sonido de baja frecuencia que emiten cuando resoplan es único e incomparable. Cuando vimos que se movían cerca de la costa, decidimos ir a tierra, así podíamos tomar unos mates, sacar fotos más estables y disfrutar del momento sin pensar en mantener el equilibrio o en que se pueda mojar (más) la cámara de fotos.

No nos conformamos, y decidimos volver temprano al campamento para buscar un próximo nuevo destino para pasar el resto de la tarde y la noche. Al pasar por Punta Flecha, escuchamos unos silbatos en la costa que poco nos preocuparon, hasta que vimos el Guardacostas de prefectura navegar a toda velocidad hacia nosotros. Nos apuramos para llegar a la costa, nos estaban esperando los guardaparques con una infracción por remar en temporada de ballenas, que quizás algún día tengamos que pagar. Nuestros planes de remar en el Golfo San José se desmoronaron al instante. Así que compramos carbón, unas chuletas y nos fuimos para el sur de Madryn, donde encontramos un lindo lugar para pasar la noche en la Playa "El Pozo", con vistas al Cerro Avanzado. Al día siguiente, decidimos empezar a volver, para que no se nos haga tan larga la vuelta. Nos fuimos a Las Grutas, el Caribe Patagónico, donde encontramos un lugar perfecto para acampar en la playa "El Sótano". Al llegar, bajé el kayak y salí a remar para el sur, alejándome de la zona urbana, hasta un lugar con unos enormes médanos y una playa que poco tienen que envidiarle a las playas del norte de Brasil. La gran curiosidad de esta zona, son los repentinos cambios de mareas, que modifican el paisaje con cada ola que llega a la costa, sacando piedras a la luz y volviendo bastante peligrosa la navegación. Pasamos nuestra última noche bajo un cielo de infinitas estrellas, y mientras me comía unos "callos a la vizcaina" (o, en criollo, una tremenda buseca) pensaba en lo mucho que valió la pena cada uno de los más de 1400 kilómetros recorridos para cumplir otro sueño...




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